La misteriosa desaparición de Enrique Martínez Ortíz

La misteriosa desaparición de Enrique Martínez Ortíz

El miércoles 16 de octubre de 1991, Enrique Martínez y tres amigos llegaron de buena mañana a La Mussara para coger níscalos y espárragos y los cuatro se separaron a una distancia prudencial y, mientras avanzaban, hablaban continuamente para ubicarse, ya que no había contacto visual entre ellos.

Después de unos metros sin escuchar la voz de Enrique, los amigos le preguntaron si todo iba bien y al no escuchar nada entonces volvieron a llamarle a voces y seguían sin tener respuesta alguna de Enrique pues enseguida se dieron cuenta de que algo raro pues le había pasado.

Corrieron hacia el punto en el que le habían oído hablar por última vez y sólo encontraron la cesta de mimbre que llevaba con una única seta en su interior y después de recorrer la zona un par de veces sin resultado, los amigos se dirigieron hacia los coches, que habían dejado aparcados unos metros antes de llegar a las ruinas de La Mussara.

El de Enrique continuaba perfectamente estacionado, y en su interior encontraron la documentación del desaparecido, el tabaco y una medicina que debía tomar varias veces al día, o sea, todo estaba tal y como su amigo lo había dejado.

Martínez Ortiz conocía perfectamente el terreno desde hacía años, por lo que sus amigos consideraron altamente improbable que se hubiese perdido, de modo que se dirigieron al cuartelillo de la Guardia Civil más cercano a pedir ayuda donde varios agentes del Instituto Armado realizaron una primera batida de urgencia por la zona, con resultado​ negativo.

Los rastreos seguirían durante varios días, y a los guardias civiles se sumaron grupos de voluntarios además de unidades de guías caninos con perros adiestrados para la detección de rastros de personas sin resultado alguno, o sea, era como si a Enrique Martínez se le hubiese tragado la tierra.

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Las autoridades decidieron entonces que se sumase a las tareas de búsqueda una unidad de Zapadores de Montaña del Ejército, además de 200 soldados de la cercana base de Los Castillejos y no podían creer que una persona pudiera haber desaparecido sin dejar la más mínima pista que seguir, huellas, restos de ropa…

En un último intento de impulsar la busqueda, el gobernador civil de Tarragona entonces ordenó que se sumasen a las batidas otros 50 militares del cuartel General Contreras de Tarragona pero todo fue inútil, y Enrique Martínez Ortiz pasó a engrosar la lista de “desapariciones inquietantes” que manejan las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Los investigadores habían descartado de inmediato la posibilidad de que Enrique se hubiese marchado voluntariamente porque no tenía motivos para ello, la medicina se encontrabab en su coche y también descartaron que hubiese sido presa de las alimañas del bosque ya que, en ese caso, algún resto tenía que haber aparecido pero no fue así.

Después de semanas de batidas y rastreos en balde, las autoridades decidieron levantar el dispositivo de búsqueda por falta de los avances pero los amigos que acompañaban a Enrique Martínez el día de su desaparición decidieron llevar a cabo la búsqueda por su cuenta para intentar encontrarle.

Entonces –según explicaron ellos mismos, incluso ante el juez- sucedió algo estremecedor, difícil de comprender al ser más propio de lo sobrenatural que de un caso policial de desaparición de un ciudadano.

En enero de 1992, tres meses después de los hechos, Jorge Roberto Boluda, uno de los amigos de Enrique Martínez, acudió a los juzgados de Tarragona visiblemente alterado y pidió hablar con el juez que llevaba el caso de la desaparición de su amigo pues la declaración de Jorge dejó descolocados completamente a los responsables de las pesquisas, hasta el punto de que no le dieron nada de credibilidad a la historia que relató.

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Jorge explicó que la tarde anterior había acudido a las inmediaciones de La Mussara con los otros dos jóvenes amigos de Enrique para tratar de encontrarlo y tras un rato de caminata se dirigieron a las ruinas del pueblo a descansar un rato antes de regresar a sus casas.

Pasaban unos minutos de la medianoche cuando escucharon ruidos de cascos de caballos que provenían de la zona de la iglesia de San Salvador y al asomarse a la puerta del templo abandonado, los tres jóvenes contemplaron, horrorizados, de forma clara a unas figuras semitransparentes ataviadas con una especie de hábitos de monje de color oscuro o negro, con la capucha puesta.

Según este testimonio, serían en total unas siete figuras las que deambulaban dentro de la iglesia, pues intentaron hablar con ellas pero fueron ignorados y, al cabo de unos cuatro minutos, desaparecieron súbitamente.

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