LA BRASILEÑA.

Tenía un amigo, que siempre andaba con cabras re lindas. Frecuentemente me preguntaba a mi mismo que como la hacía este chuchesumadre, siendo que era tan como yo. Tampoco ganaba tanta plata, si, era buena onda, pero así como tanto… no sé. Debo admitir que me dio envidia, sobre todo cuando caché que después de haber terminado con una venezolana preciosa, empezó con una argentina, mas guapa que la Pampita, quizás estoy exagerando, pero de verdad, era hermosa.
Íbamos a los asados y la argentinita era encantadora, mi mamá le fascinó, llegó a felicitar a este culiao y me preguntó ¿Y tú cuando vas a traer a una niña como ella?
Esa misma noche le pregunté ¿Cuál es tu secreto? Él solo me miró y se puso a reír. No me contestó.
A la semana, fui a buscarlo para ir a jugar a la pelota, y cuando entré, caché que ella no estaba. Me confesó que la había pateado, por otra, una brasileña. No le compré, y era verdad, me la presentó a los cinco días.
Una venezolana, una argentina y una brasileña ¿Qué venía ahora? ¿Una rusa?
Y lo mismo, cabras encantadoras, risueñas, y más. Pero esta última hizo algo que las otras no. No sabía si era idea mía, pero después de tres piscolas en un nuevo asado en mi casa, caché que me miraba harto. De hecho, como que agarré papa y empecé a hacer cambio de luces pa ver si era rollo, y claro po, me contestaba las miradas. Dentro de mí, en ese segundo de sobriedad me dije a mi mismo que lo que estaba haciendo no estaba bien, era la mina de mi mejor amigo, así que corté el tema y me empecé a hacer el tonto.
Pasó un tiempo, y pasó algo que no me esperaba… mi amigo se iba a Brasil junto a ella. A mí me dio lata, por mi amigo, sí, pero la brasileña me dolió más, es la verdad. Pese a que siempre fui fiel con mi hermano, había cierta infidelidad mental que no quería dejar, con eso me bastaba… pero esto se acabaría.
Armé el último asado de despedida, tomamos harto, tanto que este hueón quedó casi botado en el suelo. Al final quedamos ella y yo, despiertos. Ella se levantó y me dijo que la acompañara, yo moví la cabeza diciéndole que no, que no me interesaba… pero insistía.

– ¿Qué querí de mí? Le pregunté.

Ella me dijo que había dejado una carta en mi pieza, que la leyera.

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– No me interesa, tú soy la mina de mi amigo.

Algo me iba a responder, se notaba ahogada, seguramente era por el amor que me iba a confesar, o algo así, pero no alcanzó, porque justo despertó este loco.

Finalmente, se fueron al otro día, para siempre.

Ahí estaba la carta, dudé en un principio abrirla, pero que tanto, si al final ya se habían marchado, no había posibilidad alguna de ser infiel, yo al menos había cumplido con mi lealtad.
Y cuando la abrí, había una frase que decía:

Estamos secuestradas, ayuda.

Y allí estaban, en la casa de este hueón, muertas en un sótano: la venezolana, la argentina y la brasileña. Las tres desaparecidas desde los 10 años, criadas por él. Abusadas y manejadas a su antojo a más no poder.

Y un desaparecido amigo que jamás volví a ver.

 

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