Mi madre murió en marzo, después de un invierno largo de hospitales y pasillos que olían a desinfectante. Durante semanas no fui capaz de borrar su número del móvil. A veces abría nuestro chat solo para ver su foto de perfil: ella en la playa, riéndose, con un sombrero de paja que siempre le quedaba grande.
En octubre, una noche cualquiera, el teléfono vibró sobre la mesilla. Eran casi las tres. En la pantalla, una notificación: «Nuevo mensaje de voz de Mamá».
Me incorporé de golpe con el corazón desbocado. Lo primero que pensé fue que alguien tenía su teléfono. Pero su línea estaba dada de baja desde abril; lo había gestionado yo misma. Pensé después en un error de la compañía, un mensaje antiguo que se había quedado atascado en algún servidor durante meses. Pasa a veces, me dije.
Le di al play.
Era su voz. Su voz de verdad, con ese deje cantarín que tenía al decir mi nombre. Pero sonaba cansada, muy lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo, y detrás se oía un rumor constante, parecido al viento o a mucha gente murmurando a la vez.
«Cariño, escúchame bien. Esta noche no abras la puerta. Llame quien llame. Aunque sea yo. Sobre todo si soy yo.»
El mensaje terminaba ahí, con un chasquido. Lo escuché tres veces. Miré la información del audio: la fecha era la de ese mismo día. La hora, las 2:51. Hacía apenas dos minutos.
Me quedé sentada en la cama, con el móvil en la mano y la habitación a oscuras. El piso estaba en silencio. Solo se oía la nevera en la cocina y, muy de vez en cuando, un coche lejano.
Entonces sonó el timbre.
Tres veces, despacio. Pausa. Otra. Pausa. Otra. Exactamente como llamaba ella cuando venía a visitarme los domingos, para que supiera que era ella sin tener que mirar.
No me moví. Ni siquiera respiraba. Después del timbre llegó una voz desde el otro lado de la puerta, amortiguada por la madera: «Cariño, soy yo. Ábreme, que hace mucho frío aquí fuera».
Era idéntica a la del mensaje. Idéntica a la de mi madre. Y aun así había algo mal en ella, algo que no sé explicar, como cuando una canción que conoces de memoria suena ligeramente desafinada.
Me tapé los oídos y me quedé hecha un ovillo en la cama hasta que, ya de madrugada, la voz se convirtió en un susurro y luego en nada.
Por la mañana, al salir, encontré en el felpudo un sombrero de paja empapado y lleno de arena. Lo enterré junto a su tumba esa misma tarde. Desde entonces tengo el móvil en silencio por las noches. Pero a veces, al despertar, veo que tengo un mensaje de voz nuevo. Y no me atrevo a escucharlo.
Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.