El reflejo: cuando tu imagen en el espejo deja de obedecerte

Empezó con algo tan pequeño que al principio pensé que eran imaginaciones mías. Una mañana, mientras me lavaba los dientes, levanté la mano para coger la toalla y tuve la sensación de que mi reflejo tardaba una fracción de segundo en seguirme. Una nada. Un parpadeo. Lo achaqué al sueño: llevaba semanas durmiendo mal.

Al día siguiente volvió a pasar. Y al otro. El retraso crecía poco a poco, como una grieta que avanza por un cristal. A la semana ya era evidente: yo movía la mano y el del espejo se quedaba quieto un instante, mirándome, antes de imitarme con desgana, como un actor cansado de repetir la misma escena.

Probé en otros espejos. En el del ascensor, en el escaparate de una tienda, en la pantalla apagada del móvil. Con todos pasaba lo mismo. Fui al médico, que me habló de estrés y de mirar menos pantallas.

Lo peor no era el retraso. Lo peor era la expresión. Mi reflejo había empezado a tener una cara ligeramente distinta a la mía. Una sonrisa que yo no sonreía. Unos ojos que se quedaban fijos en los míos un poco más de la cuenta.

Una noche me desperté con sed. Eran más de las tres. Fui al baño sin encender la luz, guiándome por el resplandor de la farola que entraba por la ventana del pasillo. Al pasar frente al espejo, lo vi de reojo y me detuve en seco.

En el espejo, el baño estaba vacío. Mi reflejo no estaba frente al lavabo, donde debía estar.

Estaba de pie en el pasillo. Detrás de mí. En el lugar exacto del que yo acababa de salir.

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Me giré despacio, con la garganta cerrada. El pasillo real estaba vacío. Volví a mirar el espejo. Él seguía allí, en el pasillo del reflejo, inmóvil, con los brazos caídos y esa sonrisa que no era mía. Entonces levantó la mano y me saludó. Yo no había movido ni un dedo.

Al día siguiente tapé todos los espejos de casa con sábanas viejas. Quité el del recibidor y lo guardé de cara a la pared en el trastero. Le di la vuelta al móvil para no ver la pantalla negra. Durante dos días, todo pareció en calma.

Pero anoche empezaron los golpes. Pequeños, suaves, rítmicos. Toc. Toc. Toc. Venían del baño, de detrás de la sábana que cubre el espejo. Como alguien que llama con los nudillos a una ventana.

Desde dentro.

No he vuelto a entrar en el baño. Escribo esto desde el salón, con todas las luces encendidas. Los golpes se han vuelto más fuertes en la última hora, y hace un momento he oído algo nuevo: el sonido inconfundible de un cristal empezando a agrietarse.

Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.

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