La Santa Compaña: la noche que vi la procesión de las ánimas

Mi abuela Carmen nació en una aldea de Ourense de la que hoy apenas quedan cuatro casas habitadas. Cuando yo era pequeño y pasábamos allí los veranos, me repetía siempre las mismas advertencias, con la seriedad de quien habla de algo que ha visto: si de noche ves luces en fila por el monte, no mires, no hables y, sobre todo, no cojas nada que te ofrezcan.

Yo me reía. Para mí la Santa Compaña era un cuento para que los niños no se escaparan de casa. Una procesión de almas en pena, cubiertas con túnicas, que recorrían los caminos anunciando la muerte de alguien del lugar. Delante, decía la abuela, siempre iba un vivo con una cruz, condenado a guiarlas cada noche hasta que encontrara a otro que lo relevara.

El verano pasado volví a la aldea para las fiestas. La abuela ya no estaba; la casa llevaba dos años cerrada. Bebí más de la cuenta en la verbena del pueblo de al lado y, pasada la una, decidí volver andando por el camino viejo del monte. Eran apenas tres kilómetros.

A mitad de camino se levantó una niebla baja, de esas que se pegan a los helechos. Y entonces lo oí: un tintineo de campanillas, muy suave, entre los pinos. Pensé que serían vacas. Después vi las luces.

Eran velas. Decenas de velas avanzando en fila, sin balancearse, como si quien las llevaba no caminara sino que flotara. Olía a cera y a tierra removida. Las figuras iban cubiertas con capuchas oscuras y no hacían ningún ruido al pisar la hojarasca. Ninguna tenía cara: solo una sombra más negra bajo la tela.

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Delante de todos iba un hombre. Un hombre vivo, porque le vi el vaho de la respiración. Tenía los ojos en blanco, la piel gris, y cargaba una cruz de madera con los brazos temblorosos, como si llevara años sin soltarla.

Me quedé paralizado en mitad del camino. La procesión se acercó hasta mí y el hombre se detuvo. Muy despacio, extendió el brazo y me ofreció una vela encendida. Sus labios se movieron sin sonido. Por favor. Cógela.

Y en ese momento recordé a mi abuela. No con miedo, sino con una claridad absoluta, como si estuviera a mi lado susurrándome al oído. No la cojas. Haz un círculo.

Me agaché, cogí una rama y tracé un círculo en la tierra a mi alrededor. Me metí dentro y me tumbé boca abajo, con la cara contra el suelo, rezando lo poco que recordaba.

Las luces dieron tres vueltas alrededor del círculo. Sentí el frío de las túnicas rozándome la espalda, oí respiraciones que no eran respiraciones y, en un momento dado, muy cerca de mi oído, la voz del hombre de la cruz: «Llevo tantos años esperando…».

Luego, nada. Cuando levanté la cabeza amanecía, y en el camino solo quedaban gotas de cera blanca sobre las piedras.

Esa misma semana murió el último vecino de la aldea, el señor Manuel, de noventa y dos años. En el entierro, su hija me contó algo que me heló la sangre: de joven, Manuel había desaparecido una noche entera en el monte y nunca quiso contar dónde había estado. Desde entonces, cada noche salía a caminar y volvía al amanecer, agotado.

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Ahora sé lo que hacía. Y sé que, ahora que él ya no está, alguien tendrá que llevar la cruz.

Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.

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