El último autobús: el búho de las 2:40 (relato de terror)

Aquella noche perdí el último metro por menos de un minuto. Vi cómo las luces rojas del convoy se perdían en el túnel y me quedé solo en el andén, con el eco de mis propios pasos y un fluorescente que zumbaba como un insecto atrapado. Subí a la calle. Llovía a ratos, una llovizna fina que no llegaba a mojar pero que lo dejaba todo brillante.

En la parada, el panel luminoso anunciaba un único autobús nocturno: el búho de las 2:40. Nunca lo había cogido. Llegó puntual, casi en silencio, con los cristales empañados por dentro.

El conductor no me miró al subir. Pasé la tarjeta y la máquina no pitó, pero nadie dijo nada. Busqué asiento y entonces me fijé en los demás pasajeros. Eran seis. Iban sentados muy rectos, con las manos sobre las rodillas, mirando al frente sin parpadear. Ninguno llevaba el móvil en la mano. Ninguno dormía.

Me senté al fondo. Durante unos minutos solo oí el motor y el golpeteo de los limpiaparabrisas. Después noté el olor: agua estancada, barro, algo podrido bajo la humedad. Miré al suelo. Bajo cada asiento ocupado había un charco que temblaba con los baches. Y la ropa de aquellos seis, un abrigo, una chaqueta vaquera, el uniforme de una enfermera, estaba completamente empapada, pegada al cuerpo, goteando sin parar.

Fuera había dejado de llover hacía rato.

Intenté convencerme de que había una explicación. Una fiesta, una fuente, cualquier cosa. Pero entonces el autobús enfiló el puente del río y algo cambió en el aire. Los seis pasajeros giraron la cabeza a la vez hacia la ventanilla, con un crujido húmedo, como si esperaran ver algo abajo, en el agua negra. El conductor redujo la velocidad. Casi se detuvo en mitad del puente.

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Luego, también a la vez, se volvieron hacia mí.

No tenían una expresión de amenaza. Era peor: parecía que me estaban esperando. La enfermera abrió la boca y de ella salió un hilo de agua turbia que le resbaló por la barbilla. Nadie habló, pero entendí perfectamente lo que querían decir. Faltaba uno.

Pulsé el botón de parada con tanta fuerza que me hice daño en el dedo. El timbre sonó distorsionado, lejano, como si llegara desde debajo del agua. El autobús siguió hasta el final del puente y allí, sin que el conductor se girara, las puertas se abrieron con un suspiro.

Bajé corriendo aunque aquella no era mi parada. Cuando me di la vuelta, el búho de las 2:40 ya no estaba. No lo oí arrancar. No vi sus luces alejarse. Simplemente, no estaba.

Llegué a casa andando, al amanecer. Esa misma mañana, todavía sin dormir, busqué en la hemeroteca de un periódico local. Encontré la noticia: hace veinte años, una noche de octubre, el autobús nocturno de las 2:40 se salió del puente y cayó al río. Rescataron seis cuerpos. Al conductor nunca lo encontraron.

Desde entonces vuelvo a casa en taxi, aunque me cueste una fortuna. Pero a veces, de madrugada, cuando paso cerca del puente, juraría que veo un autobús con los cristales empañados detenido en mitad del asfalto. Con las puertas abiertas. Esperando.

Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.

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