Todos los años, en la noche de Halloween, llama a mi puerta la misma niña.
Lleva un camisón blanco que le llega hasta los tobillos, va descalza aunque haga frío y sostiene una bolsa de tela vacía. Tiene el pelo oscuro y lacio cayéndole sobre la cara, y nunca, nunca levanta del todo la cabeza.
La primera vez fue en 1988. Yo tenía nueve años y estaba emocionado porque era el primer año que en mi barrio se celebraba Halloween como en las películas. Había ayudado a mi madre a vaciar una calabaza y a llenar un cuenco de caramelos. Cuando llamaron a la puerta, corrí a abrir. Allí estaba ella. Parecía de mi edad.
Le ofrecí el cuenco. No cogió nada. Solo me preguntó, con una voz que sonaba hueca, como si saliera de un sótano: «¿Te acuerdas de cómo me llamo?».
Le dije que no, que no la conocía. Ella se quedó quieta un momento, se dio la vuelta y se fue caminando calle abajo, hacia las afueras, hacia donde estaban las casas viejas.
Al año siguiente volvió. Y al otro. Y al otro. Cada 31 de octubre, a las doce en punto, tres golpecitos en la puerta. Y siempre la misma pregunta.
Yo fui creciendo. Me fui a estudiar fuera, volví, me casé, me divorcié, heredé la casa de mis padres. Este año he cumplido cuarenta y siete.
Ella sigue teniendo ocho.
Nunca se lo he contado a nadie. Durante años intenté convencerme de que era una broma de algún vecino, una niña distinta cada vez. Pero no lo es. Lleva el mismo camisón con la misma mancha de humedad en el bajo. Y cada año, cuando le digo que no sé cómo se llama, la veo un poco más triste. Un poco más gris.
Este otoño decidí averiguarlo. Pasé semanas en la hemeroteca municipal revisando periódicos locales de los años ochenta. Y la encontré en un recorte del invierno de 1987, una noticia pequeña, casi escondida en una página de sucesos: una familia del barrio había abandonado su casa de forma repentina, y de su hija pequeña nunca más se supo. Nadie la buscó. Nadie volvió a nombrarla.
Ahora sé quién es. Sé de qué casa viene: esa casa abandonada al final de la calle, la de la verja oxidada. Y sé que lo único que quiere es que alguien recuerde su nombre.
Esta noche, cuando llame a mi puerta, por fin podré responderle.
Pero si tú también quieres saber cómo se llama, y qué pasó de verdad dentro de esa casa, vas a tener que entrar tú mismo.
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Este relato cierra el Calendario del terror de Halloween 2026. Feliz noche de difuntos.