El disfraz de lobo: una máscara que no se puede quitar

Este año mi hijo Pablo, que tiene siete años, quería ir de lobo en Halloween. No de cualquier lobo: de lobo de verdad, decía, de los que dan miedo. Recorrimos tres tiendas de disfraces y ninguno le convencía. Todos eran demasiado bonitos, demasiado de dibujos animados.

El domingo, paseando por el mercadillo de antigüedades del barrio, lo encontramos. En un puesto lleno de cachivaches, colgada de un clavo, había una máscara de lobo de goma. Era antigua, de las que se hacían hace décadas, con el pelo áspero de verdad, gris y negro, y unos ojos de cristal amarillo que parecían seguirte. El vendedor, un hombre muy mayor, me la dejó por cinco euros. Al dármela me dijo, sin sonreír: «Que no se la ponga más de una noche».

Pensé que era una broma de vendedor. Pablo se volvió loco de alegría. Se la probó allí mismo y le quedaba perfecta, como hecha a medida. Se la dejó puesta todo el camino de vuelta. Y toda la tarde. Gruñía, andaba a cuatro patas por el pasillo, olfateaba los muebles. Nos hizo mucha gracia.

A la hora de la cena le pedí que se la quitara para comer. Dijo que no. Que no tenía hambre. Por primera vez en su vida, Pablo no tenía hambre de macarrones.

Por la noche, antes de acostarlo, fui a ayudarle a sacársela. Agarré el borde de goma por la nuca y tiré con cuidado. No salía. Tiré un poco más fuerte.

—¡Mamá, para! ¡Que me haces daño!

Su voz sonaba rara a través de la máscara. Más grave. Más ronca. Encendí la luz de la habitación.

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Los bordes de la máscara ya no tenían costura. No había borde. La goma se había fundido con la piel de su cuello, como una cicatriz perfecta. El pelo áspero ya no estaba pegado a la goma: nacía de ella, como si siempre hubiera crecido ahí.

Mi hijo me miró con aquellos ojos de cristal amarillo. Y parpadeó.

Los ojos de cristal parpadearon.

Luego sonrió. Y al sonreír me enseñó unos dientes que no eran suyos: largos, afilados, amarillentos, demasiados para una boca tan pequeña.

—No te preocupes, mamá —dijo con aquella voz nueva—. Así estoy mejor. Así ya no tengo miedo de nada.

Volví al mercadillo a la mañana siguiente. El puesto del anciano no estaba. Los demás vendedores dijeron que nunca habían visto a nadie así. Pablo duerme ahora casi todo el día. Por las noches, en cambio, le oigo pasear por el pasillo a cuatro patas. Y a veces, desde su habitación, llega un sonido que ninguna madre debería oír salir de la garganta de su hijo.

Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.

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