Éramos ocho amigos de la universidad que llevábamos años prometiéndonos un viaje juntos. Por fin, el último puente de octubre, alquilamos una casa rural de piedra en un pueblo perdido de la montaña, de esas con chimenea, vigas de madera y cobertura intermitente.
Fue un fin de semana perfecto. Rutas por el bosque, cenas eternas, vino, risas hasta las tantas. La última noche, antes de recoger, insistí en hacernos una foto de grupo en la puerta de la casa. Apoyé el móvil en el muro de enfrente, puse el temporizador de diez segundos y corrí a colocarme en la segunda fila, entre Marta y Javi. El flash nos cegó un instante. Ni siquiera miré cómo había salido.
Ya en casa, un par de días después, me puse a pasar las fotos del viaje para compartirlas en el grupo. Al llegar a la de la puerta, algo me hizo detenerme. Conté las caras sin saber muy bien por qué.
Nueve.
Conté otra vez. Nueve. En la segunda fila, entre Marta y yo, había una mujer mayor. Muy delgada, con un pañuelo oscuro anudado bajo la barbilla y la piel tan pálida que parecía brillar con el flash. Sonreía con la boca cerrada, mirando directamente a la cámara. Su hombro rozaba el mío.
Nadie la recordaba. Nadie la había visto. Cuando mandé la foto al grupo, la primera respuesta fue de Javi: «¿Esto es un montaje? No tiene gracia». Juré que no.
Escribí al dueño de la casa rural, un hombre amable con el que solo había hablado por teléfono. Le adjunté la foto y le pregunté, medio en broma, si conocía a aquella señora.
Tardó un día en contestar. Me respondió con otra foto: una fotografía antigua, en blanco y negro, con los bordes ondulados. La misma puerta de piedra. La misma mujer, más joven, con el mismo pañuelo. Debajo, un mensaje breve: «Es mi abuela, Remedios. Murió en esa casa en 1962. No se preocupe, no hace daño a nadie. Le gusta salir en las fotos de los huéspedes».
Me tranquilicé. Durante unos días, incluso me pareció una anécdota bonita para contar.
Hasta que hice la siguiente foto. Una tontería: un selfie en la oficina con una compañera. Al mirarla, sentí que se me helaba la sangre. Al fondo, junto a la puerta del ascensor, había una figura pálida con un pañuelo oscuro.
Desde entonces aparece en todas. En las de cumpleaños, en las de la calle, en las capturas de las videollamadas. Siempre sonriendo. Siempre mirándome.
Y en cada foto está un poco más cerca.
En la última que hice, hace dos noches, ya no estaba al fondo. Estaba justo detrás de mí, con la barbilla casi apoyada en mi hombro. He dejado de hacer fotos. Pero esta mañana, al desbloquear el móvil, la cámara se ha abierto sola. Y en la pantalla, en lugar de mi cara, había un pañuelo oscuro.
Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.