En mi pueblo, cuando éramos pequeños, había una regla que nadie se saltaba: antes de que se hiciera de noche, todos los niños tenían que estar en casa. Si no, decían las madres, vendría el hombre del saco.
Todos los pueblos de España tienen el suyo. Un vagabundo, un trapero, un hombre alto con un saco a la espalda que se llevaba a los niños que se portaban mal o que se quedaban jugando en la calle después del anochecer. En cada sitio le ponían una cara distinta. En el mío, además, tenía una canción.
Decían que se le oía llegar porque iba silbando por los caminos al atardecer. Una melodía lenta, de cuatro notas, que nadie sabía de dónde había salido. Cuando las madres la oían a lo lejos, cerraban las contraventanas y nos llamaban a gritos. Yo la escuché una vez, con siete años, desde la ventana de la cocina. Nunca la olvidé.
Me fui del pueblo a los dieciocho y no volví en veinte años. Este otoño heredé la casa de mis padres y regresé para vaciarla. El primer día la limpieza se alargó más de lo previsto y, cuando terminé, ya caía el sol. Decidí volver a pie al hostal por el camino viejo, entre los campos de cereal segados.
A medio camino, con el cielo ya teñido de rojo, oí el silbido.
Cuatro notas. Lentas. Las mismas.
Venía de detrás de mí. Me giré con el corazón golpeándome en el pecho. El camino estaba vacío hasta donde alcanzaba la vista: tierra, rastrojos, un árbol seco y la silueta del pueblo a lo lejos. Nadie.
Seguí andando más deprisa. El silbido volvió a sonar, esta vez un poco más cerca. Y otra vez. Siempre a mi espalda, siempre a la misma distancia, como alguien que camina a mi ritmo y se detiene cuando me detengo.
Eché a correr. Al doblar la curva del árbol seco tuve que frenar en seco.
En mitad del camino había un saco. Un saco viejo de arpillera, vacío, tirado sobre la tierra como si alguien lo hubiera dejado ahí para mí. Atada a la boca con un cordel, una etiqueta de cartón amarillento.
Me acerqué despacio. En la etiqueta, escrito a lápiz con letra infantil, estaba mi nombre. Mi nombre de cuando era niño, el diminutivo que solo usaba mi madre.
Y debajo, con otra letra distinta, firme y antigua, la fecha de hoy.
No sé cuánto tiempo me quedé mirándolo. Lo que sé es que, a mi espalda, muy cerca, casi en mi nuca, alguien terminó la canción. La quinta nota. La que nunca habíamos oído.
Llegué al hostal sin saber cómo. Esa misma noche cogí el coche y me marché. La casa sigue sin vaciar. Pero esta mañana, al abrir el maletero, he encontrado tierra del camino. Y un trozo de cordel.
Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.