Las brujas de Zugarramurdi: la anciana de las manzanas

En 1610, el tribunal de la Inquisición de Logroño celebró uno de los procesos por brujería más famosos de la historia de España. Decenas de vecinos de Zugarramurdi, un pequeño pueblo navarro junto a la frontera con Francia, fueron acusados de reunirse en una cueva cercana para celebrar akelarres: reuniones nocturnas en las que, según las acusaciones, adoraban al diablo en forma de macho cabrío. El proceso terminó con un auto de fe en el que varias personas fueron condenadas a la hoguera.

Hoy la cueva se puede visitar. Hay un museo, un aparcamiento y visitas guiadas. El octubre pasado fui con un grupo de amigos un fin de semana. Era una tarde gris, con una niebla baja que se enredaba en los prados, y la cueva impresionaba más de lo que esperábamos: una enorme galería natural de roca caliza atravesada por un riachuelo, con la boca abierta hacia el valle como un animal dormido.

El guía nos contó la historia del proceso con todo detalle. Al final, ya fuera de la cueva, añadió algo que no venía en el folleto: algunos vecinos aseguraban que todavía hay noches en que se oyen tambores dentro, cuando ya no queda nadie. Nos reímos. Él no.

Al volver al coche, ya anocheciendo, una anciana vestida completamente de negro se nos acercó por el sendero. Llevaba una cesta de mimbre llena de manzanas rojas, brillantes, perfectas. Sin decir palabra, nos fue ofreciendo una a cada uno.

Todos cogieron la suya. Era un gesto amable, típico de los pueblos. Pero cuando llegó mi turno, algo dentro de mí se cerró. No sé explicarlo. Las manos de la anciana tenían las uñas negras de tierra, y sus ojos no parpadeaban. Le di las gracias y le dije que no. Ella me miró un instante, sonrió sin enseñar los dientes y se alejó sendero arriba, hacia la cueva.

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Esa noche nos alojamos en una casa rural del pueblo. Me desperté de madrugada por un murmullo. Mis amigos estaban hablando en sueños. Los cinco a la vez. En una lengua que ninguno de nosotros conocía, una lengua antigua, gutural, que sonaba como un rezo dicho al revés.

Intenté despertarlos y no pude. Seguían murmurando con los ojos cerrados, en perfecta sincronía, como un coro. A lo lejos, en dirección a la cueva, me pareció oír tambores.

Me encerré en el baño hasta el amanecer.

Por la mañana, ninguno recordaba nada. Pero todos tenían barro en los pies, aunque las botas estaban limpias junto a la puerta. Y en la palma de la mano izquierda, cada uno tenía el mismo dibujo arañado en la piel: un círculo con un cuerno curvo en el centro.

Desde entonces, cada vez que nos vemos, noto que se miran entre ellos de una forma que me deja fuera. Como si compartieran un secreto. Hace unos días, Marta me escribió un mensaje a las tres de la mañana. Solo decía: «La próxima vez coge la manzana. Te estamos esperando».

Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.

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