El parque infantil de mi calle lleva cerrado desde que yo tenía diez años. Aquel verano, una niña llamada Lucía se cayó del columpio más alto y no volvió a levantarse. Recuerdo las sirenas, los vecinos en los balcones, la madre gritando un nombre una y otra vez. Una semana después, el Ayuntamiento puso una verja alrededor del parque y un candado enorme en la puerta. Nadie volvió a entrar.
Con los años los columpios se oxidaron, el tobogán se cubrió de hiedra y la arena se llenó de hierbajos. Pero nunca lo derribaron. Sigue ahí, en mitad de la manzana, como una herida que nadie quiere tocar.
Hace un año volví al barrio y alquilé un piso en el séptimo, justo enfrente. Desde la ventana de mi habitación se ve el parque entero. Y fue la primera noche cuando me di cuenta.
A las doce en punto, el columpio más alto empieza a moverse solo.
Primero despacio, apenas un balanceo, como si lo empujara una brisa. Pero no hace viento: las hojas de los árboles están quietas. Luego cada vez más alto, más rápido, con un chirrido metálico que se oye perfectamente desde mi ventana, hasta que las cadenas quedan casi horizontales. Y a las doce y diez, de golpe, se detiene.
Todas las noches. Sin excepción.
Se lo comenté al portero, que vive en el barrio desde siempre. Me miró un momento y luego dijo, sin más: «Esa niña siempre quería que la empujaran más alto». Y se fue.
Una noche me atreví a grabarlo con el móvil. Apoyé el teléfono en el cristal, esperé a que dieran las doce y pulsé el botón. El columpio empezó a balancearse como siempre. Lo grabé entero, los diez minutos.
Cuando revisé el vídeo, el columpio estaba completamente quieto. Lo que se movía era otra cosa.
Junto a la verja, en la esquina más oscura del parque, había una sombra pequeña. Del tamaño de una niña de seis o siete años. No se balanceaba ni caminaba: simplemente estaba allí, de pie, con la cabeza levantada. Mirando hacia arriba. Mirando hacia mi ventana.
Borré el vídeo esa misma noche y bajé la persiana.
A la mañana siguiente, cuando la subí, me quedé helado. En el cristal de mi habitación había huellas de manos. Manos diminutas, de dedos cortos, marcadas en el vaho de la madrugada.
Estaban por fuera. Y yo vivo en un séptimo piso.
Desde entonces duermo con la persiana bajada. Pero a las doce en punto sigo oyendo el chirrido del columpio. Y desde hace unas noches, al terminar, también oigo otra cosa: unos golpecitos suaves en el cristal y una vocecita que me pide, por favor, que la empuje más alto.
Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.