El vecino del 4ºB: tres golpes, pausa, dos golpes

Me mudé al 4ºA un uno de septiembre. Era un piso viejo, de techos altos y suelos de terrazo, pero barato y luminoso. La primera noche, mientras montaba la cama, oí los golpes por primera vez.

Venían de la pared del dormitorio, la que linda con el 4ºB. Tres golpes, una pausa, dos golpes. Secos, claros, como nudillos contra el yeso. Pensé que sería el vecino colgando un cuadro. A las once y media de la noche.

A la noche siguiente, a la misma hora, se repitió. Tres golpes, pausa, dos golpes. Y a la siguiente. Siempre igual, siempre a las once y media, siempre en el mismo punto de la pared, justo a la altura de mi cabecero.

Al cabo de una semana, harto, bajé a hablar con el portero. Le pedí que avisara al del 4ºB de que era muy molesto.

Me miró de una forma extraña, como se mira a alguien que acaba de decir algo de mal gusto. «El 4ºB lleva vacío nueve años», dijo. «Desde lo del señor Andrés. Vivía solo. Tardaron semanas en encontrarlo. Dicen que se cayó y se quedó en el suelo, sin poder moverse, sin poder pedir ayuda.» Hizo una pausa. «Los vecinos de entonces contaban que se oían golpes, pero nadie les hizo caso.»

Volví a subir con las piernas temblando. Esa noche, a las once y media, apagué la luz y esperé. Los golpes llegaron puntuales. Tres. Pausa. Dos.

Esta vez apoyé la oreja contra la pared. Entre golpe y golpe se oía algo más: un arañazo lento, de uñas sobre yeso, como alguien que intenta agarrarse a una superficie lisa. Y una respiración trabajosa, entrecortada.

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Y después, una voz. Muy bajita, ronca, cansada: «Gracias por contestarme. Llevaba tanto tiempo esperando a que alguien contestara…».

Me aparté de la pared de un salto. Yo nunca había contestado. No había golpeado ni una sola vez.

Fue entonces cuando sentí el dolor en la mano. Me miré los nudillos a la luz de la farola: estaban enrojecidos, despellejados, con restos de pintura blanca de la pared. Como si llevaran horas golpeando.

Y en el silencio de la habitación, mi propia mano derecha, sin que yo se lo ordenara, se cerró en un puño y volvió a golpear. Tres golpes. Pausa. Dos golpes.

Al otro lado, alguien respondió. Tres golpes. Pausa. Dos golpes.

He puesto el piso en venta. Mientras tanto duermo en el sofá del salón, lo más lejos posible de esa pared. Pero cada noche, a las once y media, me despierto de pie junto al cabecero, con los nudillos sangrando y la oreja pegada al yeso. Escuchando.

Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.

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