Esta madrugada, en España, a las tres volverán a ser las dos. Es el cambio de hora de otoño: una hora que se vive dos veces, sesenta minutos que el reloj nos devuelve como si nada. Para casi todo el mundo es solo una hora más de sueño. Para mi abuelo Julián, no.
Mi abuelo fue sereno durante treinta años, en una época en la que todavía había hombres con chuzo y manojo de llaves recorriendo las calles de noche. Conocía la oscuridad mejor que nadie. Y decía que esa hora repetida no es para los vivos.
Según él, durante ese rato que se vive dos veces, las puertas entre un lado y otro se quedan entornadas. Los muertos aprovechan para asomarse, para buscar algo que se dejaron, para llamar a alguien por su nombre. Por eso, mientras vivió, cada noche del cambio de hora la pasaba despierto en la cocina, con todas las luces encendidas y la radio puesta. Decía que el ruido los confunde.
De pequeños nos reíamos de él. Pero él nunca se reía.
El año pasado, el primer otoño después de su muerte, me acordé de su costumbre justo antes de acostarme. Me pareció una tontería. Puse el móvil a cargar y me dormí enseguida.
Me despertó una voz. Una voz metálica, antigua, con un chisporroteo de fondo. Abrí los ojos. La vieja radio de válvulas de mi abuelo, que yo había heredado y tenía de adorno en la cómoda, estaba encendida. Su dial brillaba con una luz anaranjada. No estaba enchufada.
El reloj marcaba las 2:59.
La voz era la de un locutor que leía un parte de noticias con tono solemne. Hablaba de una inundación en un pueblo que no conocía, de un partido de fútbol, del precio del pan. Dijo la fecha: octubre de 1958. El mismo mes, lo supe después, en que mi abuelo empezó a trabajar de sereno.
Me quedé inmóvil bajo las sábanas. A las tres en punto, el reloj parpadeó y volvió a marcar las dos. La hora repetida acababa de empezar.
Y el locutor, sin cambiar el tono, dijo mi nombre. Mi nombre completo, con mis dos apellidos. Luego añadió, muy despacio, que ya me estaban esperando. Que la puerta estaba abierta. Que solo tenía que bajar a la calle.
Debajo de mi ventana se oyó entonces un sonido que no se escucha desde hace muchos años: el golpe seco de un chuzo contra los adoquines y un manojo de llaves tintineando.
No bajé. Encendí todas las luces, puse música a todo volumen y me quedé sentado en la cocina hasta que el reloj volvió a dar las tres. Como hacía él.
Esta noche vuelve a cambiar la hora. Ya tengo la cafetera preparada y todas las bombillas encendidas. La radio de mi abuelo la he guardado en un armario, envuelta en una manta. Pero hace un rato, desde dentro del armario, me ha parecido oír un chisporroteo.
Este relato forma parte del Calendario del terror de Halloween 2026. Cada noche se abre una puerta nueva.