La Leyenda del JIKININKI, devorador de cadáveres.

Un sacerdote que estaba viajando, accidentalmente se perdió cerca de un bosque. Al no encontrar ninguna casa por los alrededores para cobijarse finalmente optó por pasar la noche al raso. Pero por suerte en el último momento descubrió en la lejanía una pequeña ermita, y se dirigió resuelto a pasar la
noche allí. Pero cuál fue la sorpresa del sacerdote que el anciano  que habitaba allí, con malos modos, le contestó que nunca solía acoger a nadie y le mandó a la aldea que había en el valle, donde seguro que le acogerían.

Perplejo por el trato recibido, el sacerdote hizo caso de las palabras del anciano y se dirigió a la aldea, donde fue recibido con mucha hospitalidad en casa del magistrado.

Nada más entrar en la casa, en la habitación principal vio a muchas personas reunidas y oyó sus lamentos. Al sacerdote le asignaron una habitación aparte para que pudiera descansar tranquilamente. Pero cuando se disponía a dormir un joven entró en la habitación y le explicó que su padre había muerto hacía poco y que las personas que había visto en la habitación principal eran familiares y conocidos que habían ido a presentar sus respetos y a mostrar sus condolencias.

También le explicó una antigua costumbre de la aldea que consistía en marcharse de allí cuando moría alguien, y por eso en ese instante se disponían todos a partir dejando solo al sacerdote que por cierto se llamaba Musō.

Musō le prometió al joven que se quedaría vigilando el cuerpo de su padre ya que no tenía miedo en absoluto. Pero el joven le advirtió de un extraño suceso: cuando los familiares de los difuntos se ausentaban, cosas terribles y extrañas les sucedían a los cadáveres…

Dicho esto los familiares del difunto partieron y Musō realizó una pequeña ceremonia y le dedicó unas plegarias al muerto.

Ya de madrugada el sacerdote notó la presencia de algo extraño en la habitación. Al fijarse bien vio a una criatura de formas grotescas que se había acercado al cadáver. La extraña criatura levantó el cuerpo del difunto y lo devoró con avidez, comiéndose después todas las ofrendas. Y una vez que terminó su banquete macabro desapareció. Musō se quedó paralizado ante semejante escena y no pudo hacer nada por evitarlo.

A la mañana siguiente, cuando los aldeanos escucharon el relato de Musō no se sorprendieron en absoluto de lo sucedido, ya que no era la primera vez que algo así ocurría. Musō también se sorprendió de que el anciano  que vivía en la ermita de la colina no hiciera ningún servicio funerario, y por eso preguntó por él a los aldeanos. Éstos, sorprendidos por las palabras de Musō, le contestaron que en la colina no había ninguna ermita y mucho menos un anciano viviendo en ella.

Y llegaron a la conclusión de que probablemente algún espíritu le había engañado.
Musō, con el misterio aún en la cabeza, partió de la aldea y regresó a la ermita de la colina.
No le costó mucho esfuerzo encontrar el lugar. El anciano con el que habló la noche anterior salió a su encuentro, se inclinó y le pidió disculpas por los malos modales y por no haberle dado cobijo. Pero éste tenía sus motivos por no haberle ofrecido hospitalidad, ya que él era la extraña criatura deforme y grotesca que había devorado el cadáver en presencia de Musō y estaba terriblemente avergonzado.

Se trataba de un Jikininki, un espectro devorador de hombres que, debido a que en su vida anterior había sido una persona que sólo se preocupaba de las hermosas telas de sus ropajes, una vez muerto se había reencarnado en esta vil y deforme criatura como castigo a su conducta.

El Unjikininki le suplicó a Musō que se apiadara de él y rezara por su salvación para que pudiera encontrar por fin la paz y todo el mal que había causado cesara.

Y tras escuchar la historia y las lamentaciones de ese ser maldito, tanto el anciano como la ermita se desvanecieron, dejando a Musō arrodillado ante una tumba cubierta de musgo…

 

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