Martín Rodríguez y el ovni de Tordesillas

Todo comienza en la década de los setenta en Tordesillas (Valladolid), y tuvo como escenario un lugar silencioso y apartado donde Martín Rodríguez fue testigo de un inaudito encuentro con lo sobrenatural y que casi le cuesta la vida.

El 1 de octubre de 1977, Martín Rodríguez una vez terminadas las clases en el colegio, volvía a casa y quedó con sus amigos para jugar al escondite y en una de esas que Martín y su amigo Fernando están buscando un escondite.

Corren tanto que se alejan de la barriada de San Vicente y acaban casi a las afueras del pueblo, en un viejo corral abandonado situado en la cuneta de la Nacional 122.

Mientras caminan rodeando el muro de adobe Martín coge una piedra del suelo y la lanza por encima. Inexplicablemente, un estruendo metálico que parecía provenir del otro lado del muro rompe el silencio que dominaba el descampado.

Cuando cruzan el umbral de la vieja puerta, los pequeños pueden percibir que algo resplandece al fondo, junto a la pared: hay una misteriosa luz que ilumina esa parte del corral.

Miran hacia arriba y su vista tropieza con un enorme objeto que parecía de metal, tremendamente luminoso y posado en sus tres patas, cuyo aspecto es parecido al de una viga, y estaba a sólo unos metros de ellos.

La nave medía tres metros de altura por dos de ancho y emitía un sonido ensordecedor pues el extraño aparato tenía dos enormes escotillas, de las cuales irradiaban luces de color rosa y azul y en medio del aparato metálico se apreciaba una puerta cerrada.

Martín y Fernando percibieron un denso humo blanco proveniente de un tubo que formaba parte de uno de los lados del aparato y sus tres enormes patas eran lo suficientemente fuertes como para soportar todo el peso del aparato.

En ese mismo momento, el sonido emitido por la nave comienza a hacerse cada vez más agudo e intenso, y el crisol de luces que emite va cambiando, adquiriendo otros matices.

El ovni se eleva sobre su eje y las potentes patas quedan flotando en el aire, dejando ver unos grandes pinchos que antes estaban bajo tierra donde los movimientos del artefacto parecen torpes.

Martín no puede evitar curiosear y averiguar de qué se trata y se aproxima al objeto y rápidamente, salen de los adentros del aparato un potente haz de luces que va directo hacia el abdomen de Martín.

No puede más, siente que le quema, que le abrasa, provocando en su cuerpo sudores, palidez en su cara y tal pérdida de audición que le es imposible oír los gritos de su amigo Fernando, que se sentía impotente ante lo que estaba sucediendo.

Dibujo del Ovni que vieron Martín Rodríguez y su amigo Fernando

El haz luminoso seguía apuntando a Martín, que, con sus pupilas ya dilatas, acaba por desplomarse al suelo, el destello luminoso cesa donde entonces la emanación acaba y el artilugio inicia un vertiginoso ascenso hasta dejar de verse.

Tras ello, Martín permanece inconsciente en el suelo y su amigo Fernando que estaba aterrorizado acude en busca de ayuda al barrio y acto seguido algunos vecinos van al corral para rescatar a Martín y lo llevan a su casa.

Fernando, aún estremecido por el acontecimiento, narra al padre de Martín lo sucedido pero Antonio en un principio no le cree pues pensaba que era una historia inventada aunque luego al ver que su hijo se encontraba en un estado de inconsciencia no podía ser casual.

Entonces, acompañado de un amigo suyo llamado Eloy, Antonio va en busca de alguna pista de lo que pudo motivar el estado de su hijo pero examinan el lugar y no encuentran nada.

De repente, perciben en el suelo un trozo de tierra abrasada, con forma de una extraña figura triangular y tras recoger muestras de esa tierra deciden pedirle opinión al minero Olegario García Vega.

El resultado es anormal, los restos de tierra olían a azufre y entonces se dan cuentan de que realmente algo alarmante les había sucedido a los niños en el antiguo corral.

Martín es tratado por los médicos de Tordesillas y consiguen estabilizarlo, pero como no logran encontrar los motivos de su continuo malestar se le traslada e ingresa en el hospital Onésimo Redondo, de Valladolid.

Después del extraño suceso, Martín presenta un cuadro patológico que es motivo de sorpresa entre los facultativos, o sea, sufre frecuentes pérdidas de visión, tiene vómitos a menudo y presenta una fuerte debilidad.

Parte médico e Martín Rodríguez tras el ataque del Ovni

Al comprobarse que la gravedad del niño persiste y que no experimenta mejoría alguna, el doctor Martínez Portillo decide someterlo a una primera intervención quirúrgica, que culmina con el diagnóstico del mal estado del pequeño: algunas partes de su cerebro presentaban un desarrollo anómalo, compatible con las disfunciones que venía el niño.

En los dos años siguientes, Martín fue sometido a catorce intervenciones de extrema gravedad con innumerables cicatrices y costuras tanto en la cabeza como en el cuerpo del muchacho.

Además, se le tuvieron que implantar diversas válvulas artificiales para que pudiera realizar las funciones vitales y tras estas intervenciones, Martín era mandado a casa con la ilusión de acabar por siempre con la pesadilla, pero, a los pocos días, regresaba al hospital en un estado más que lamentable.

Poco a poco comenzó a normalizarse la quebrantada salud del muchacho, o sea, nada parecía haber cambiado, pero, realmente, Martín ya no era el mismo.

Martín Rodríguez adquirió una capacidad de retención memorística y una gran habilidad para las relaciones lógicas muy superior a la que siempre había demostrado.

Comenzó a interesarse por el dibujo, las matemáticas, la escultura, la poesía y sus profesores no podían creer lo que ocurría, o sea, lo que el niño estaba experimentando era del todo inexplicable.

Unos veían una explicación en la radiación que pudo haber recibido el día del su encuentro con aquel artilugio misterioso, que hubo de producir en su cerebro el desarrollo de unas facultades que tenía aletargadas, mientras otros explicaban el fenómeno diciendo que, después de haberse estado a punto de morir, sin tener en cuenta la edad, las cosas no se ven como antes y la vida recobra todo el interés.

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